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Acaso hallen algo interesante en él quienes mantienen un compromiso de vida con la justicia y con la belleza.

miércoles, 1 de mayo de 2013

A veces nos asiste el privilegio de conocer gente maravillosa

LA SOCIEDAD DE MIS POETAS MUERTOS

“Los griegos dijeron que los amados de los dioses mueren jóvenes”.

Ernesto Cardenal
(Vuelos de Victoria)

Por arbitrio de un calendario biológico algo desquiciado (o mera turrada de La Parca), el humilde trabajador de la cultura que suscribe estas líneas ha perdido  en lo que va del Siglo XXI a un significativo puñado de entrañables y talentos@s compañer@s de ruta en la aventura de cantar la vida. Esta nota intenta reunir algunos retazos de su paso por mi existencia y poner en valor sus incontables méritos.













Gustavo Mariani (a) El Puma Tavie

Conocí al flaco Mariani de tanto jugar con su hermana Elena, en la esquina platense de 12 y 58, sita en el barrio donde solía pasar los fines de semana con mis tías paternas. Desde su condición de maestro, despuntando la democracia que transitamos, protagonizó una prolongada huelga de hambre en reclamo por el Juicio y Castigo para los Culpables del Genocidio, cubierta día a día por el diario LA VOZ del mundo. Más adelante lo supe funcionario del gobierno bonaerense del Dr. Cafiero en asuntos de minoridad. Algunas tardes deambulaba frente a mi casa natal, siempre de elegante sport, paseando junto con Raúl - su compañero de vida - a Nabucco, el perro siberiano de ambos. Orgulloso sobreviviente de la militancia de los 70s, hizo causa común con mi madre en la lucha por los derechos humanos y sociales, y esta no tardó en adoptarlo como a uno más de los hijos sustitutos con cuya presencia en la mesa navideña intentaba mitigar el infinito dolor provocado por el secuestro y asesinato de mi hermana María Claudia. A partir de entonces se fue transformando en mi medio-hermano. Visité su casa con mis hijos cuando el amor y la dicha le sonreían, y lo ayudé a adecentarla cuando - ya separado de la persona que más le importó en la vida - decidió soltarse de la cornisa existencial e iniciar una prolongada caída libre que lo llevó a precarizar su humanidad al punto de vagar por las calles de La Plata como un fantasma erudito y olvidado de sí mismo. En la recta final de sus días, adoptó como segunda residencia la Facultad de Trabajo Social, donde departía por largas horas con los estudiantes, y adonde tuve la feliz idea de grabarle una entrevista póstuma para mi documental “El Hereje. Alfredo Moffatt sin plata y sin permiso”, que nunca llegó a ver: El 26 de julio de 2010 el HIV que lo venía mordiendo  terminó por devorarlo. Era un fabulador genial, sus pasiones carecían de términos medios, nos legó el patrimonio de una novela (*) que lo muestra como promesa trunca de escritor exquisito y destinado a trascender. Así lo evoca esta breve entrevista de Juan Duizeide:

- ¿Qué puede encontrar el lector en Capsicum (*)?

La vejez deseada. Una vejez tranquila pero llena de conflictos, que está resuelta por la magia, cosa que no todos los seres humanos tienen la dicha de tener.

- ¿Cómo actúa la magia en una vida?

La magia, si existe, resuelve la vida. Yo no creo en la magia, la detesto. Pero el personaje tiene la fortuna de resolver el final de su vida con la magia.

- ¿Don Santiago, el personaje, efectúa un ejercicio de memoria?

Sí, involuntario, porque se le aparece, él no quiere pensar en su pasado, pero de pronto está tomando un café y se le aparecen sus 20 años en Buenos Aires, como el dragón de los recuerdos. Yo aconsejo leer el último capítulo antes que los primeros del libro.

- ¿Por qué?

Porque va a ayudar a la lectura del libro, porque le va a dar la razón de ser del libro.

- ¿La novela se ambienta en Amsterdam por alguna razón especial?

Sí, porque es una ciudad mágica, una de las pocas que quedan en el mundo.

- ¿Cómo describirías tu formación como escritor?

Leyendo.

- ¿Actualmente, tenés en preparación algún libro?

Sí, acabo de terminar otra novela, Angelus. Escribo otra que se llama Corazón blindado.

- ¿Cómo es tu proceso de escritura?

El proceso de escribir es doloroso, solitario, largo, y si se pudiera decir atroz. Porque uno trabaja consigo mismo, y solo. El material de escritura es lo propio. No tengo otra cosa.














Jorge Pandelucos (a) Alorsa

Hace unos años mi amigo más antiguo me insistió en que valía la pena asistir a una de las misas paganas que La Guardia Hereje, irrepetible grupo platense de Nuevo Tango, montaba de tanto en tanto en nuestra ciudad y alrededores. Compartimos dicha experiencia en Caetano… y bastó para dejarme perplejo por la originalidad, belleza, y audacia de la poesía compuesta e interpretada por su líder, moderno Sancho Panza oriundo de la localidad de Tolosa. Resultaba increíble que en un contexto de tanta miseria de las ideas, desde este remoto paraje del culo del planeta alguien se animara a reivindicar la humanidad de una meretriz con el sublime poema Petera, o a meterse en los zapatos de un terrorista musulmán con el poderosísimo texto Trotyl.  En la pluma de Alorsa hasta el tema más sórdido encontraba su dejo de ternura. No resistí la tentación de hacerle propaganda ni de acercarle algún poemario. Su devolución a ese respecto es propia de los grandes, que no tienen conciencia cabal de su valía. “Eh… no, viejo! Ustedes escriben libros, eso ya es mucho. Yo apenas garabateo servilletas”. Había remontado vuelo el gordo, ya era otra promesa de una ciudad con intensa vida cultural. Incursionaba en la TV, lo invitaban a festivales nacionales de tango… Pero seguía chupando tinto común con sus fans antes de cada recital, circunstancia en que era capaz de saludar cálidamente a uno por uno de quienes hacíamos largas colas para celebrar su arte. Dicen que arrastraba una temprana dolencia cardíaca, y que murió de un infarto escuchando el primer corte de su segundo disco. En la esquina de su casa hay un mural que lo evoca. Sumo a ello un fragmento de la crónica que alguna vez le dedicó Andrea Ramundo - mi pareja - a un espectáculo suyo:

El gordo Alorsa, el gigantesco líder del cuarteto platense “La Guardia Hereje”, en “Terrazas - Teatro bar” del Paseo La Plaza, Corrientes 1660, en oportunidad de la presentación de su próximo disco “13 canciones para Mandinga”.

Una banda con repertorio propio de tangos, milongas, valses y candombes, formada por Fernando Tato y Sebastián Marín en guitarra y Leonardo Gianibelli en percusión. Alorsa es el cantante y quien escribe la mayoría de las letras. “La Guardia Hereje” canta al amigo traidor que se come de contrabando las facturas que, tácitamente, habían acordado dejar para el mate de la tarde. Rinde tributo al tortugo que quedó en Pehuajó esperando a Manuelita, y homenajea al enano de jardín.  Advierte al padre de la nena que los tiburones andan cerca, al tiempo que le informa de los acontecimientos que se revelan inminentes y amenazadores de la candidez de la susodicha. Tiene pesadillas, y las hace canción. Cuenta de un sueño en el que “haciendo el amor uno se contagia de muerte” y que en lo de Jesús, el contestador automático invita a “rezar después de la señal”.  “Para verte gambetear”, le canta a Diego Maradona. Y le presenta respetuosamente las quejas en nombre de la barra, a un árbitro bombero que cobró erróneamente un penal del equipo contrario. Su público es mayoritariamente joven. Público de rock, atraído por las letras que abordan temáticas actuales, expresadas con humor inteligente y sutil. Esa concurrencia se notó anoche y se nota en el lenguaje utilizado en los mensajes de la página web. Y es la que le demuestra a Alorsa que el tango está en todos lados. En una pareja de rollingas tomando una cerveza en la esquina, ahí también está. El escenario que los espera sostiene 4 sillas, micrófonos y una mesita pequeña, cuadrada, con el sello de la banda: el pingüino de loza blanca nunca vacío de tinto.

El show no tiene altibajos. En repetidas ocasiones, cuando el clima alcanza puntos de máximo humor o emoción, la platea acompaña y agradece con palmas al grito de “¡La Guardia Hereje, la puta que lo parió!”. El cuarteto siempre se suma al cántico - cuando no lo inicia -, golpeando la mesa con los puños, o con las palmas el revés de las guitarras. Son esos momentos en que los dueños de los bares toman la decisión de otorgar nueva fecha. Así sucedió. Alorsa anunció: “la señorita que se acercó recién me pidió que les comunicara  que tenemos una nueva fecha de actuación. Fíjense estos días en la página”. En otros pasajes, de clima intimista, el público apoya el codo en la mesa y se sostiene el mentón con la mano, entrecierra los ojos y afirma con la cabeza. Tenés razón, Alorsa. Tenés razón.













Pedro Zárate

¿Qué bohemio no habrá cruzado alguna vez a Pedro Zárate en alguna esquina de la Ciudad de las Diagonales, en algún acto político o cultural? Aquel hombrecito que se negaba a envejecer era un luchador. Puedo dar fe de ello pues lo traté durante muchos años. Siempre lo vi contento. Aunque ambos perteneciéramos a una generación que tendría motivos de sobra para no estarlo. No hace mucho me afligió saberlo replegado a causa de una severa pulmonía. Lo reencontré de novio con Miriam, una compañera de San Pedro. Se había refundado nuevamente.

Ella me informó más adelante, aún perpleja, de su inesperada muerte. Cruzó ese umbral pleno de dicha y de proyectos. Se dio el gusto de no llegar a viejo. “porque el mundo necesita de mesas para poner el pan, porque en las sillas descansan los hombres que vuelven del trabajo”, y porque los que yugan merecen una vida mejor, Pedro Zárate - además de lo ya dicho - era poeta.














Hugo Estévez (a) Peche

La vida nos juntó durante las jornadas de lucha de 2001 y 2002, en las postrimerías de mi residencia en Buenos Aires, y compartiendo la solidaridad con el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas. Nuestro encuentro disparó asados y recitales conjuntos. Ese hombre que hacía equilibrio sin red en la cuerda de la vida, amaba con la misma intensidad a su nueva familia y a su ex mujer, a quien ayudó a boxear contra un cáncer hasta ganarle por knock out.

Ora me lo encontraba en una esquina de Belgrano limpiando la vidriera de un boliche, ora en un bar de Flores tomando vodka con Hepatalgina para domar a un hígado harto de cócteles. El primer disco de su banda - Buenos Aires Negro - fue una revelación: Eso sí era tango feroz. El segundo, siempre ilustrado por el descomunal artista plástico Sebastián Maissa, lo produjo su amigo “Chango” Farías Gómez. La pluma de Peche siempre operó sin anestesia: Recomiendo prestar atención - en los planos estético y narrativo - a su tema Asesino, último track del primer disco: No encuentro parangón en el cancionero popular contemporáneo.

Aunque residía en un barrio marginal, estaba comenzando a levantar cabeza. Fue en esa casita que el destino le jugó una mala pasada, cuando al cabo de reiteradas amenazas que nunca dio por ciertas, una vecina anciana y senil lo paró en seco con un cuchillo de cocina en el oscuro pasillo en el que intentaba recuperar a su perrita, acusada de “insoportable” por la desquiciada vieja. Alguien arriesgó que tuvo un final de tango. Yo me atrevo a sostener que Peche fue al Nuevo Tango del Siglo XXI lo que Camarón de la Isla al cante, o lo que Pasolini al cine. Un gigante irrepetible. No nacen Peches día por medio. Su obra merece el pedestal más alto de la poesía popular urbana.













Ivo González

Ignoro cómo Ivo llegó hasta mí, profesando una admiración que seguramente no merezco. Lo hizo por mail, solicitando tímidamente el prólogo - que no tardé en escribirle - para un poemario de enorme hondura existencial. Luego me sacó al aire en algún aniversario de La Noche de los Lápices, desde la FM rionegrina en la que despuntaba su vocación de hombre de la cultura y militante social. Me escribía mensajes de texto - siempre en horarios inverosímiles - que lo mostraban como alguien lanzado a fornicar con la vida sin usar condón. Ninguna dimensión de lo humano le era ajena: Amó desaforadamente a su hijo y a las mujeres que alquilaron sucesiva y temporariamente aquel corazón insurrecto. Vivió sin piel, sintiendo cada caricia como al chaparrón que indemniza de la sequía, y a cada dolorcito de nuestra especie como a la bomba de Hiroshima. Amasaba versos desde el mediocampo de la vida. Sus textos no mienten sangre ni esperma. Todos y cada uno huelen a letra vivida. No fue un juntavocablos de retaguardia. Cuando nos llega, su palabra ya se rompió la cara. Nos asiste acogerla, curarle las heridas, escucharla, llevarla puesta. 

Hace poco recibí desde su número un SMS que sonaba a chiste de mal gusto: “El Ivito no está más”. Tardé en comprender que me escribía su hermano. Respondí consternado. Al cabo me llamó su padre, agradeciéndome haber acompañado durante un tramo de su corta vida a ese retoño de artista que nunca ví cara a cara. “Hizo una cirrosis - dijo con voz entrecortada - Era un existencialista bukovskiano. Le costaba mucho bancársela”.

 “¿Cómo le iban a robar, ni queriendo a Don Juan Riera?”; escribió el “Barba” Castilla. El hombre que describió no hacía lírica. Solamente dejaba de noche la puerta abierta, por si algún caminante solitario pasaba cansado ante su casa. Y pan sobre la mesa, y vino. Ese hombre existió. Y fue poeta sin saberlo. Porque eligió un modo de vivir poético. Si también hubiera escrito - que ya es mucho pedir - quizá, además de hornear panes, se hubiera llamado Ivo González… que así se ganaba la vida.











Silvia Maezo

Nos conocimos durante la segunda mitad de los 80s, en una cena compartida con su pareja de entonces, el colosal poeta mendocino (y americano) Armando Tejada Gómez. Era cordobesa, escritora, y viuda - si así merece llamarse a la esposa de un guerrero sin tumba - de Rodolfo Ratti, notable abogado laboralista y defensor de presos políticos que trabajó en Asuntos Municipales durante el gobierno bonaerense de Oscar Bidegain y se desempeñó también en el Diario Noticias, junto a Gregorio "Goyo" Levenson y Miguel Bonasso.  

Desde aquella oportunidad no dejé de verla torcer el brazo de la adversidad, ora como activista, ora como educadora, un día comunicadora social, al otro poeta, trabajadora de la cultura siempre. Al igual que tantos militantes populares anónimos, Silvia fue una hormiga que vivió recogiendo hojas gigantescas de nuestro devenir como pueblo y salvándolas del invierno. Por eso su poesía ilumina un país que se niega a ser oscuro. Porque, como sostiene Algirdas Julien Greimas, “El sentido está antes de cualquier producción discursiva”. Es improbable llegar a poeta sin antes afrontar la vida poéticamente. Y la clave está en que Silvia vino del país de la alegría, de la muchachada con los dedos “en ve”, del afán por la justicia aquí y ahora. Sin esa impronta es más difícil cantarle a los “cabecitas” del planeta como lo hizo en Daños colaterales; a los ninguneados en vida y muerte que rescató en De relleno; a los bajadores de pulgares que denunció en Miedo medio. Por ello, en el tiempo que nos ha tocado en suerte, cada libro de Silvia es un objeto imprescindible de tener a mano. 

Hace algún tiempo, como ocurre ante la gestión Kirchner con tanto sobreviviente de los duros años de plomo, chocamos políticamente. Ella adhirió, yo mantengo un perfil crítico. A continuación, en unas pocas ocasiones compartimos algún espacio manteniendo elegante distancia. Cuando me avisaron que una dolencia implacable la consumió de manera fulminante, aún no nos dirigíamos la palabra. Como no soy un pequeño ser humano, de los que juzgan al prójimo exclusivamente a partir de la relación que establece con uno, diré que me he reconciliado con ella aunque jamás llegue a saberlo. Sin ir más lejos, recientemente he viajado al noroeste para acompañar la difusión de mi documental sobre Rodolfo Kusch, llevando conmigo un libro de segunda mano que oportunamente me obsequió Silvia, escrito por el insigne filósofo americanista.  Dicho ejemplar incluye una dedicatoria de ella que ya había olvidado: “No tenemos plata para un regalo pero te queremos mucho. Silvia, Inés, Gaby, Fabián, Javier, Fer, Paula”. Como si no bastara con eso, cada página había sido apuntada por su dueña original… de modo que estuvo todo el tiempo a mi lado, al decir de Roque Dalton, “con manos de fantasma”, compartiendo qué conceptos la habían conmovido y sugiriéndome a cuáles prestar mayor atención.
















Marisa Wagner

En ocasión de premiar un puñado de textos conmovedores como jurado de un Concurso de Poesia Urbana, me enteré de que una de las autoras favorecidas por nuestro veredicto estaba internada en La Colonia Montes de Oca. Mayor fue mi sorpresa cuando en la entrega de tales distinciones tuve la oportunidad de conocerla personalmente. Nuestra identificación - desde la lírica, y desde una misma experiencia militante - fue inmediata. No tardamos en volvernos grandes amigos y compartir eventos culturales o comilonas. Marisa era sicóloga social... pero enfrentaba a sus talleristas presentándose lisa y llanamente como loca. Escrito en medio de electroshocks, fugas y dopajes varios, su poemario Los Montes de la Loca - hoy utilizado con fines terapéuticos por la Escuela de Sicología Social de Alfredo Moffatt y repetidamente adaptado al teatro -, es fiel reflejo de largos padecimientos en verdaderos depósitos de gente (como el ya mencionado, Open Door, o el Hospital Borda) y resuma una profunda sensibilidad, capaz de brotar aún desde las ruinas de lo humano. Poca gente describió el dolor con la templanza y lucidez con que lo hizo Marisa Wagner, acaso pisando la huella de Jacobo Fijman. Su temprana partida constituye una parábola de lo que solía denunciar en su incansable peregrinar a lo largo y ancho del país: Con motivo de una pulmonía, se le recomendó medicación incompatible con la que habitualmente consumia para mantener su bipolaridad bajo control.  He aqui un par de textos inéditos de su autoria, escritos en tributo al poeta montonero Francisco Urondo:

LA  PATRIA SUICIDADA  

Mendoza, 1976.
  
Desnuda,
  
descalcita,
  
mocos  largos
  
andaba la patria en esos días.
  
Con tu rabia y tu asco
  
le  juraste
  
“ …darè mi vida para que nada siga igual.”
  
Y por supuesto, la muerte si hacía falta.
  
Era Mendoza
  
y eran los arrullos de la acequia,
  
las noches de estrellas emparchadas
  
en un cielo de insoportable transparencia.
  
Era, tal vez, un día de sol y de algún vino saboreado
  
a la orilla de otro compañero.
  
Dicen que fuiste a Mendoza
  
casi como a un exilio,
  
casi  como a un  castigo.
  
“ Mis errores me
salvan”
  
habías dicho.
  
“No tengo vida interior: afuera está todo lo que amo
  
y todo lo que me acobarda”
  
Pediste disculpas a los chicos
  
“Queridos hijitos”
  
tan pequeños…
  
quién sabe qué entendieron.
  

  
Allá te rodeó la mala y puta suerte,
  
vestida de carroña y de milico.
  
Quizás, como en

una película veloz,
  
pasaron los rostros
  
        los nombres
  
        las señales
  
que debías olvidar antes de bajar
  
hasta las catacumbas.
  
Elegiste no arriesgar,
  
tragarte el silencio del cianuro
  
           - y te les fuiste -
  

  
                                                             Buenos Aires, 2007
  
Señor Francisco Urondo.
  
Querido compañero:
  
                   Tengo malas noticias para darte. La patria sigue desnuda, descalcita,
moco largo.
  
Los pibes, iba a decir viven, en realidad mueren en las calles. Debo corregirme nuevamente, se suicidan, aspirando veneno en las esquinas.
  
Mueren sin madres y sin guisos, sin libros, sin escuela. Las zapatillas a punta de púa o de faca se consiguen.
  
La policía como siempre y como nunca, aprieta los gatillos raudamente.
  
Persuade fusilando a algún maestro, desaloja villas a palazos, dice usar balas de goma pero a la gente le sacan plomo de las piernas, de la cabeza, de la espalda.
  
El gobierno manda, mira, aprueba, calla.
  
Y…el pueblo tan quieto que da miedo.
  
Después de tu muerte y tantos muertos.
  
Ojalá se trate de la calma que antecede al huracán, al maremoto, a los temblores de la tierra.
  
Termino esta carta con el pedazo de esperanza remendada que me queda, diciéndome como decías:
  
 “Mi confianza se apoya  en el profundo desprecio por este mundo desgraciado”
  
Tu ausencia es un agujero grandote en la poesía y en la lucha.
  
                          Hasta la victoria, cumpa….y hasta siempre.
                                                    
Marisa Wagner

 

Así como hay una estética - reaccionaria - de la subjetividad, hay otra

- revolucionaria - de la comunidad. Est@s herman@s hablaban desde allí. Desde donde toda experiencia humana se embellece para adquirir sentido. Porque una misión superior de la humanidad es significar la vida. Y el arte se autosubordina a la vida. Después de 2500 años, occidente ha perdido su derecho a universalizar el arte. Hoy aquella cultura que fue capaz de brindarle al mundo moderno un Washington o un Lincoln retrocede en cuatro patas poniendo el hábitat de todos - y el destino de la especie - en peligro. Vivimos una guerra de imaginarios: El homo sapiens está librando su postrer batalla contra el homo consumens. La única esperanza de este planeta consiste en que los “bárbaros” lo salvemos de estos “civilizadores” de poca monta. Y es tan posible como que encarnamos lo más nuevo de la historia. Del otro lado se han perdido las más antiguas y elementales conquistas éticas. Tenemos todo por delante, detrás de ellos sólo hay chatarra. Acaso nos asista el desafío de defender el último reducto del sentido. Pasar pues a la ofensiva con poesía. Allí siempre nos encontraremos con gente como la que aquí he intentado abrazar de nuevo. Irrumpiendo en el Parnaso con un cuchillo entre los dientes.-


JORGE FALCONE

2 comentarios:

  1. Personajes que jamas tienen que caer en el olvido, almas de un Buenos Aires luminoso u oscuro, segun el poeta que lo cuente.
    (Gracias por usar mi foto del Peche) Saludos.

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  2. Al contrario: El agradecido soy yo, porque esa foto es un hallazgo.-

    Jorge

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